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*Abedul*
Una vez más, observamos como nuestra primigenia cultura celta da nombre a
tan excelso Ente, pues su nombre procede de la denominación céltica
primitiva de la especie: "Betu". Posteriormente los romanos adaptando esta
palabra al latín, lo denominaron "Betula"
El hermano abedul con su copa estrecha y ovalada, es uno de los entes
arbóreos de hoja caduca más distintivos de Europa. Esta entidad, de la
familia de las betuláceas, cuya existencia en el planeta se remonta, a nada
más y nada menos que 30 millones de años, cuando se instaló en la Tierras
frías de Europa y avanzó desde el Norte por Islandia hasta Sicilia, llegando
hasta el Norte de Asia, donde se le dio el bello nombre de "Dama de los
Bosques", por su belleza y donaire. En su deambular por el Mundo también
arraigó en las Tierras Americanas, como pacífico y buen pionero que fue y
es.
Con su característico e inconfundible níveo y corto tronco, en su juventud
rojizo, que se va agrietando conforme avanza en madurez con manchas
romboidales negras, y sus albas ramas, a veces colgantes, es un elemento muy
típico tanto del paisaje silvestre como de jardines y parques en las
ciudades.
Los linajes sagrados más corrientes son el de "Betula Verrucosa" Betula
Pendula" , "Betula Alba" y "Betula Pubescens", aunque existen variadas
combinaciones. Se han registrado unas 40 variantes.
Sus hojas son sencillas, verdes oscuras brillantes, y amarillas en otoño,
elípticas, en forma de triángulo o deltadas. Es un ser arbóreo monoico, es
decir, que tiene las flores masculinas y femeninas en él mismo. Las flores
masculinas se disponen en amentos colgantes de color verde amarillento, de 3
a 6 cm. de longitud, visibles incluso en invierno y los femeninos son
erectos de color verde, de hasta 3 cm. de longitud.
En países con clima similar al de la península ibérica, su floración que se
produce simultáneamente con la aparición de las hojas y en función del clima
y de la temperatura, tiene lugar entre finales de marzo y de mayo, aunque de
un ciclo anual a otro, pueden existir diferencias en el período de
floración.
Posee unas semillas muy curiosas, pues en un kilo de peso hay millones de
ellas y gracias a su gran capacidad de dispersión y arraigo en suelo pobres
y ácidos e incluso con mucha humedad, se instala allí donde a otros les
resulta imposible.
La existencia del abedul, que puede alcanzar hasta los 100 años pausada y
tranquilamente, no debería calcularse en base, a una concepción del tiempo
humana. Pues este ente arbóreo vive sus ciclos y tiempos a cámara lenta,
como casi todos sus hermanos arbóreos.
Su cadencia y ritmos de existencia son perennes y extra-humanos. En su
pacífica y serena subsistencia en un mundo global cada vez más vertiginoso,
nos muestra la firmeza y estabilidad de su tronco y la dulce armonía de sus
ramas. Sus enseñanzas nos revelan la magnánima sabiduría que propone al
seguidor druídico, acumulada y extraída de las umbrías e ininteligibles
espirales del tiempo, que ha recorrido.
Gracias a sus tenaces raíces que hurgan la Tierra, útero ésta, de arcanas
sabidurías, y a sus flexibles ramas, que se impregnan del conocimiento que
les aportan las Nieblas y Velos de Otros Mundos, cuando las envuelven, y con
los que este ser arbóreo se vincula en íntimo contacto, regala, un cúmulo de
Iniciaciones místicas, para quienes realmente buscan una conexión con Otras
Realidades, pues su presencia en el planeta es tan antigua que supera con
creces la cognición humana.
En el período hiemal, la desnuda y audaz belleza que exhibe, simboliza
igualmente la liberación de falsos prejuicios de pudor ante lo que es
natural.
Su osadía al mostrarse desnudo y expuesto a las inclemencias del clima
muestran un temple, serenidad y quietud ejemplar, ante la tenaz Naturaleza
dormida, fría y aun yerta.
Su alma, es la luz etérea que simboliza el dryad o espíritu del árbol,
escondido tras su corteza de color marfil, proyectando un delicado halo
lumínico que inicia su elevación en la oscuridad letárgica de Yule, en el
Hemisferio Norte, soportando estoicamente los inviernos y vientos más
rigurosos del planeta, aunque le afecten.
Pero como todo ser mortal no es eterno, y los ciclos de la Rueda de la Vida
le menoscaban la vitalidad en su devenir. Sus poblaciones nacen, crecen,
avanzan, retroceden, viajan buscando mejores condiciones para su desarrollo
y finalmente expiran, volviendo al seno de La Tierra, de donde nació y
aportando con su tránsito, fértiles nutrientes a la Madre.
Su gallardía es sinónima de su altura pues puede alcanzar hasta los 30
metros altura y unos 2 m de anchura en su cima, dependiendo de la variedad y
linaje silvestre al que pertenezca.
Unida a su serenidad casi inquebrantable, la Madre Naturaleza le confirió la
soberana gracia de ser más persistente y resistente que el propio Roble, de
esta manera puede arraigar en las zonas donde el recio, eufórico y compacto
Roble, sucumbiría.
Los abedules, queridos y apreciados por nuestros hermanos celtas de antaño,
son como ellos fueron, aunque resistentes al frío, huyen de las intensas
congelaciones que los gangrenan y se evaden de las gélidas temperaturas
prefiriendo otras menos rigurosas. En oleadas sucesivas a modo de
exploradores celtas, son los pioneros que se establecen en los nuevos
territorios, como Casta de Luz que son. No en vano se les apoda " Los
Cicatrizantes del Bosque", porque donde hay un claro desolado, es la primera
tribu arbórea en colonizarlo y preparar el suelo para el posterior
asentamiento de otros árboles. No en balde, para los druidas era el árbol
que simbolizaba soberbiamente los Inicios y las Renovaciones.
Una vez asentados y habiendo preparado el suelo para sus hermanos arbóreos,
crecen rápidamente, para proteger con su silueta a las especies de sombra
que precisan de poco sol. El altruismo de su amparo beneficia a otras
familias arbóreas, pero también es un privilegio el gozo que produce para la
vista humana contemplar su estilizada sombra que se extiende desde su
esbelta silueta, exhibiéndola durante el día o su diáfana forma crepuscular
que se vislumbra en la cerrada noche.
Cuando coloniza, todo el territorio que saborea su presencia, se convierte
en un semillero que dispensa alimento a otros seres vivos. Una vez arraigado
este formidable ser, absorbe tal cantidad de fluidos, que aligera los
terrenos muy acuosos y húmedos. En perfecta simbiosis, sus raíces, aportan
sustancias nutritivas y esenciales para la tierra, ofreciendo las
condiciones idóneas para la llegada de otras tribus arbóreas, especialmente
hayas y robles.
A esto hay que añadir, que su hábitat es compañero inseparable de variados y
apreciados animales desde el lobo hasta el ciervo, pasando por un buen
número de aves que se alimentan de sus semillas e insectos que lo hacen de
su corteza y residuos.
Siendo el árbol que más requiere de los rayos benéficos del sol y una vez
que ya actuado como explorador y colono de nuevas Tierras, facilitando el
arraigo especialmente a los robles y las hayas, es bajo la sombra y cobijo
de éstos, cuando en su gallardía, se sacrifica. Finaliza así, su ciclo vital
y regresa a la Tierra, que le vio crecer.
Por todo lo expuesto y más, los druidas de Irlanda y Britannia, lo adoptaron
como inspiración para su rueda anual y le dieron la primera letra de su
alfabeto arbóreo "Ogham", el inicio, Beth. No en balde es el Árbol de los
Principios que es para los seguidores druídicos, perceptivos del Ogham,
nuestro primer mes natural arbóreo. Este mes, recorre el ciclo que en el
calendario gregoriano abarca desde el 24 de Diciembre al 20 de Enero.
El abedul, está asociado en el alfabeto Ogham, a la primera de las 13
consonantes "B" (Beth) que se intuye, formaron en su día, el calendario de
árboles mágicos estacionales. Este árbol místicamente se halla en estrecha
conexión oghámica con el Faisán, ave que en gaélico irlandes es "Besan". Que
correspondería a la primera ave del Oghman-Pájaro.
Nuestros antiguos druidas, realizaban unas incisiones en su tronco donde
recogían su savia azucarada que se utilizaba para celebraciones. Además,
este ritual concreto de la incisión en el abedul, era un gesto para liberar
el espíritu "Dryad", en el preciso momento en el que el sol empezaba su
renacimiento, es decir, en el solsticio de invierno.
En las prácticas druídicas, sin embargo, la utilización tenía un continuo
uso a lo largo de todo el ciclo anual y cada una de sus partes era un
remedio o producto concreto. Las propiedades del abedul ya eran bien
conocidas utilizándose sus hojas que captaban la energía sobrehumana y
etérea para la protección de los humanos, así como sus flores, savia y
corteza. Mientras que las observaciones del ciclo del abedul, eran
espiritualmente lo primero y lo último que simbolizaban la eternidad divina
y la inmortalidad del alma.
Nuestros antepasados druídicos, usaban las varitas de sus ramas para
tocar los senderos y alejar negativas vibraciones. En la tradición druídica
este árbol, nos invita siempre a la meditación, al recogimiento para
escuchar leyendas y sagas de nuestros antepasados, todo ello mientras la
madera que el abedul, nos regaló quema en alguna hoguera. Su agradable
perfume al quemarse, nos impregna como el incienso y cuando su esencia se
cuela por nuestros sentidos, nos fusionamos con la pureza de este magnánimo
árbol. Su aura lúcida y brillante, su concentrada energía obtenida de los
terrenos en los que ha arraigado, nos conduce y nos guía hacia el mundo
místico. Además, el simple acercamiento allí donde crece ya estimula nuestra
conciencia y subconciencia
Tiene un valor insustituible también para la vida práctica de los humanos,
pues nos regala su madera que sirve para construir todo tipo de utensilios,
desde recipientes y vasijas hasta refugios de montaña. La savia que nos
ofrece es un alimento con grandes cantidades de ácido tartárico y glucosa y
cuando esta resina fermenta se transforma en vino y también en cerveza de
abedul.
Su madera, incluso, se ha utilizado para fines más domésticos, como mangos
de escobas y manufacturas de telas. Su corteza interna se empleó como papel
para escribir, cuando éste aún no se había inventado. Fue llamada
curiosamente, por los romanos "librum" y fueron utilizada por éstos, y otros
pueblos de antaño, como pergamino.
Sus hojas adultas, son ricas en tanino, se utilizan actualmente, para teñir
lanas y las tiernas, para aromatizar ensaladas. La madera, con su peculiar
resistencia, difícil de quebrar, siendo a la vez flexible y blanda, se ha
empleado para la fabricación de esquíes. Su corteza destilada produce un
aceite llamado alquitrán de abedul utilizado para curtir el cuero,
protegiendo de los insectos, ya que posee propiedades repelentes para
algunos. En tiempos de escasez y carencias extremas, se hacía harina con la
corteza interna, logrando una especie de gluten para elaborar una masa
parecida al pan, lo que sin duda, atenuaba la hambruna. Con la corteza de
los troncos se elaboraban calzados, polainas, cestas, esteras, e incluso
ropa. Debido a su corteza impermeable, se usó en las moradas y estancias de
animales y humanas para formación de cubiertas que impedían la infiltración,
en buen grado, de la lluvia y de la humedad.
Hoy en día se usan productos del abedul medicinalmente, para reducir la
Celulitis, aliviar edemas, activar la función de los riñones, para ayudar
contra la artritis, contra el exceso de ácido úrico, contra las
inflamaciones articulares, contra enfermedades de la piel, contra las
impurezas de la sangre o caída del cabello.
Sus propiedades antisépticas, analgésicas, antirreumáticas,
anti-inflamatorias, astringentes, cicatrizantes, diuréticas etc, han sido de
gran ayuda a la humanidad.¿Se puede dar mas?.
Y es que el viejo abedul simboliza un tropel de elementos sagrados, de la
misma manera que personifica con su recuerdo, nuestro enlace con un pasado
prehistórico y orígenes humanos, y con un ayer no tan distante, cuando los
abedules eran respetados y nos evocaban también nuestras místicas raíces.
*A modo de anécdota graciosa, os transmito una receta curiosa para evitar el
olor de los pies.
*
Hervir durante diez minutos en un litro de agua un puñado de hojas de
abedul. Una vez hervido, se tapa la cazuela y se deja reposar un cuarto de
hora. Después se echa ese líquido en un barreño donde se pueda meter los
pies. Se deja veinte minutos y te ayudará a eliminar ese olor tan
penetrante.
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